Recolección de memorias ... Una esquina de catarsis dentro del ciber espacio ... LOCUS SOLUS dE QuImeRAs AZuleS
23/3/08

En la profundidad de una cloaca, Helfat, el duende, cosechaba sus últimos frutos. Eran esos mismos que había cultivado desde mucho tiempo atrás, esos que lo transportaban a la melancolía de una vida anterior, en la que ser duende era otra cosa.
Disfrutaba un instante la inmersión en la memoria, un segundo en que volvía a contemplar el verde de las praderas, la pureza de un mundo que enseguida se esfumaba, cuando los vapores espesos del excremento y la basura volvían a inundar sus pulmones… El agridulce despertar entre la mierda.
En búsqueda de un alivio y/o un escape a esa taimada realidad sumerge con la cuchara unos pétalos y consume su infusión. Un solo trago y su mente dejaría la prisión de su cráneo para proyectarse a la vida de ese personaje tantas veces antes creado, el de Facundo, quizás el ser más normal que alguna vez haya habitado
Pero de pronto un ruido hace volver en sí a Helfast, ya el hecho de crear un personaje dentro de otro lo perturbaba demasiado. Lo sumía en una sensación de extrañeza que lo dejaba casi congelado.
Evidentemente los pétalos ya no venían como antes…
Entonces decidió que era el momento de actuar: tomó una bolsita de su cartera de piel humana y esparció su contenido sobre una mesita de cristal. Luego tomó de su bolsillo un pequeño tubito de plástico y contempló con la mirada perdida las tres líneas blancas que lograrían otorgarle lo que nada más podía. Se colocó el tubo en la narina derecha e inhaló el polvo mágico, mientras su gusto amargo se alojaba en su garganta y sentía adormecerse su lengua y sus labios. Una pequeña dosis de instantáneo bienestar…
Para completar el placer calentó la cuchara y previa colocación de la mariposa inyectó una buena dosis de ‘’agua bendita’’ sumergiéndose nuevamente en sus praderas. Era indudable que ese era su lugar, no importaba si debía perder la cabeza para llegar allí.
Cabeza que extrañamente había tomado un leve tono azulado, producto tal vez de tanta sustancia metida en su cuerpo o simplemente de la iluminación del lugar.
Sintió lástima de sí mismo: se vio sumido en las cloacas de su desesperación, entre los quehaceres de una vida corrompida y malgastada, intentando alimentar con sustancias los engranajes oxidados de su fábrica de ilusiones, abandonada por el tiempo y la miseria. Entonces la vio: la dulce y deliciosa punta; el sensual latigazo al tocar la piel. Avergonzado de sus pensamientos, se colocó el silicio y comenzó el martirio… El dolor como de cientos de alfileres atravesando su piel lo calmaría, lo retrotraería a la normalidad de los duendes, a lo que la sociedad lo obligaba a hacer.
Momento ese en que la disyuntiva se planteaba sola:
¿Vivir o morir?
La magia en la que había creído por décadas ya no parecía la misma, los hechizos habían perdido el color que una vez tenían, al mismo tiempo que su existencia se decoloraba junto con su fe… La muerte lo observaba reflejada en la afilada hoja de metal que sostenía en su mano; le hacía un guiño con sus propios ojos y le prometía esa cuchilla el descanso que tanto añoraba, pero sin embargo un boicot sucedió en la escritura y los Pitufos a golpe de hacha descuartizaron al moribundo duende.
Y ese fue el fin de Helfats y el comienzo de una nueva era.