16/4/08

Decimos NO?


Decimos no...

Siglo XXI... y la conciencia es sólo el impulso artificial que queda en el espacio entre máquina y máquina. Las acciones se convierten en un eco de una ‘’ideal’’, así como las palabras, que cada vez describen pensamientos más estrechos. Se prende la radio: unas voces siguen el hilo de cosas que entretienen, atrapan y distraen la conciencia que es temida por el hombre. La comunicación es un monosílabo no original, y el ser humano se adapta al vacío de las máquinas, y del consumo por el consumo, volviéndose infantil. Ya nada le importa. Da todo por un segundo de pseudo- satisfacción, y luego por otro más cuando el primero culmina. La inquietud surge de su incipiente insatisfacción. Cree tan sólo en lo que ya está construido, y la comodidad es su religión. La inconsciencia generalizada es producto del desconocimiento de la propia conciencia individual, relegándola a un plano inferior al de la colectiva. Así se logra escapar de aquella subjetiva prisión, que es la conciencia íntima y fatal del conocimiento del ser, y la duda del por qué ser. Y eso provoca que el individuo, en este siglo, deje de ser individuo para atarse a lo mecánico, y vivir en la ignorancia de su condición lamentable.

Y nosotros, los conscientes de la inconsciencia nuestra, a nosotros, ¿qué nos queda? Llevamos el peso de la conciencia demasiado clara, y por eso sentimos aversión a lo colectivo, y a quienes carecen de la misma.

¿Decir no a aquello que es simple, vulgar, colectivo, mecanizado, social?
Sería como encerrarnos en una negación, y vivir en una oposición cada vez más estrecha, de paredes cerrándose. Yo propongo decir mil veces sí, siendo conscientes de la inconsciencia, sólo para disfrutar de la distensión que la misma ofrece; y entregarse a toda variante de vida creando en cada monotonía algo nuevo, y explorando e inventando en lo ordinario algo sublime, que los inconscientes no saben ver. Entreguémonos a la fantasía de un siglo vacío e insaciable, a las máquinas, al silencio interrumpido, a la carencia de creatividad, como hedonistas que se entregan al dolor para disfrutar de él también, en vez de encerrarnos en un ‘’no’’ rotundo a la vida. Pero esto sin perder la divina personalidad, y la tan nombrada conciencia íntima, que ya se ocupará de negar otras cosas.

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